PASO PROCESIONAL DE LA VIRGEN DOLOROSA

Unamuno, en su visita a Medina de Rioseco, describió la imagen como: “… pasaba el paso de la Dolorosa, de Nuestra Señora de los Dolores, de la Soledad –dolorosa soledad y dolor solitario. Una de esas castizas Dolorosas españolas símbolo acaso de España misma, con el corazón atravesado por siete espadas…Jueves Santo en Medina de Rioseco…Y el dolor se serena, se depura en la Dolorosa…” 

IMAGEN DE LA VIRGEN DOLOROSA

La Hermandad Virgen Dolorosa desfila con el conjunto procesional en el que se escenifica, por medio de una figura metáfora de vehemencia y delicadeza divina, el dolor de María en el instante en el que su Hijo es crucificado, declaración de Amor de Dios al hombre “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (…)(Jn. 3,16)”... Una de las imágenes, del importante patrimonio artístico que atesora Medina de Rioseco, con mayor devoción de cuantas se veneran. Talla policromada, de bulto redondo, boca entreabierta, con ropajes sinuosos que definen el volumen y dan fuerza a unas proporciones reales que expresa, con gran realismo, el drama esperanzador, de una madre abatida ante la inmolación  del Hijo que ella misma había engendrado. Rostro dolorido al que es difícil hallar consuelo, que deja sentir ternura, que mira al cielo en busca de consuelo o de clemencia a Dios para su hijo en un diálogo silencioso, colaborando junto con el Hijo, en el misterio de la Redención. La mano en el pecho sostiene los siete puñales que la atraviesan el corazón, símbolo de los siete dolores de la Virgen María por los que pasó Jesús a lo largo de su vida terrena hasta la muerte en el Calvario: Presentación de Jesús en el Templo, como anuncio de lo que está por acontecer; la Huida a Egipto, simbolizando el exilio; Jesús con los Doctores en Jerusalén ante el disgusto de María que no localiza a su hijo y le encuentra con los Doctores de la Ley; Camino del Calvario en el que María se encuentra con Jesús en la Calle de la Amargura; Crucifixión  con la posterior agonía y muerte;  Descendimiento de la Cruz y puesto en el regazo de María, y Santo Entierro en el que el cuerpo sin vida es depositado en la cripta, quedando la Virgen en soledad; sufrimiento ya anunciado por Simeón en el momento de la presentación del Niño en el templo: "...y a ti una espada te traspasará el alma" (Lc 2,35),. Tiene la característica singular de ser la talla que mejor recoge, en su expresividad, la representatividad de la tragedia, el dolor, la lucha, la espera y  la belleza plástica de cuantas desfilan en las procesiones de la Semana Santa riosecana. La Virgen Dolorosa recibe culto en la hornacina central del retablo lateral del lado de la Epístola.

            La escultura se completa con siete cuchillos de plata anclados en el pecho y con tres coronas para la cabeza. La de mayor antigüedad, en plata, del siglo XIX, austera y sencilla en la ornamentación, se caracteriza por ir montada sobre un aro una sucesión de estrellas. La corona de mediados del siglo XX más repujada y de mayores dimensiones y volumen, propia de la etapa artística. Y una tercera, de reciente donación, en la que converge el diseño de lo antiguo con la elegancia de las  formas actuales.

           

TABLERO PROCESIONAL

La Virgen Dolorosa va dispuesta sobre un tablero de construcción sencilla, para poder ser transportado por doce hermanos. Está realizado por el artista Juan Rodríguez Carretero en 1881. Tres estructuras longitudinales de madera en paralelo y ensambladas dan forma al bastidor del tablero, seguido de una plataforma rectangular en la que sobresale, por la parte inferior, seis palotes (tres delanteros y tres traseros), rematados en bustos con la imagen de la Virgen con expresiones diferentes. Un primer cuerpo ovalado invade la planta, al servir como base para la peana rectangular escalonada y convergente, al ser el tabernáculo en donde descansa la imagen, adornada a base de molduras sencillas hasta rematar en un copete de media caña tallada. En sus aristas se disponen cuatro bustos sobre ménsulas de la Virgen en las que el artista juega con rostros comunicativos.

            En los vértices del cuerpo principal se encuentran anclados cuatro faroles de palta argénteos. Sobre una base circular se dispone un trípode repujado, a modo de copa, que sostiene una cabeza de seis lados, de cara trapezoidal, que rematan en linterna cilíndrica hasta concluir en una cruz plana latina. 

En la parte inferior del bastidor se anclan los tacos o piezas de madera que permiten igualar las alturas de los distintos portadores durante el recorrido procesional y  nivelar los hombros para homogeneizar el reparto del peso.

            Para facilitar el descanso a lo largo del recorrido procesional por las angostas e irregulares calles de la Ciudad de los Almirantes, conocido como poso o intervalo entre la duración del transporte a hombros y el horquillado para el descanso, los hermanos portadores llevan horquillas para sostener el tablero. Sobre un palo de madera, de gran resistencia y con una altura aproximada al hombro, se manga un cuero metálico en forma de “u” que encajona el palote o el taco, dependiendo del lugar que se ocupe, generando un entramado de postes inmóviles durante el instante de alivio. El uso, la destreza y las órdenes de ejecución, indicadas por el cadena o responsable de ordenar la manipulación del paso, son características singulares de la Semana Santa de Medina de Rioseco.

 
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